
Y al fin encontré un lugar donde sosegar mi inseguridad.
Una cueva, algún animal había dejado noblemente aquella guarida que ahora me servía de aposento para evitar que los rayos del Sol me calcinaran.
Me quedé con la mirada vaga, cavilando como mi “vida” había cambiado por completo, yo no lo había pedido más sin embargo llego… Hablar de la eternidad me causaba cierto pavor, era un concepto demasiado abstracto y sin fin aparente.
Comencé a sentir sed, no había tomado alimento ni bebida alguna desde la noche anterior y ahora sabiendo bien lo que era estaba más que seguro que el alimento no me serviría, ni mucho menos ese vino tan más doloroso.
–Tengo que conseguir una presa– comencé a husmear el perímetro buscando el rastro de algún animal, un roedor o algún oso, estaba mas que seguro que pronto regresaría aquel animal que habitaba el lugar el cual había usurpado; –tengo que esconderme y esperar a que llegue sea lo que sea– me acurruqué bajo unas piedras amontonadas que se encontraban en la esquina más oscura y fría de la cueva. Inmóvil sin hacer ningún ruido aguardé, pasado un tiempo un oso entraba en aquel lugar acompañado de una cría. Se habían acomodado casi en la entrada y el osito buscaba el calor protector restregándose en el pelaje del oso, colocándose en el hueco de su estómago.
Esperé sigilosamente, aquella escena me había conmovido sin razón alguna. –creí que aquellos sentimientos desaparecerían– pero al sentir el ardor nuevamente en mi garganta y al pasar mi lengua húmeda bajo mis filosos colmillos, surgió la necesidad incontrolable y salvaje de atacar aquellos animales, sobre todo al mas joven… si, al pequeño oso, entró en mi una ansiedad y euforia casi enloquecedora y sin pensarlo más salté hacia el oso mayor arrojándolo fuera de su cría y éste al ver tal escena, sacando fuerzas sobrenaturales se abalanzó hacia mi una ves más.
Sonriendo – al ver mi nueva fortaleza– lancé al oso con más fuerza hacia las rocas de la esquina y me dirigí hacia el osito el cual con ojos melancólicos miró a su padre moribundo y sabiendo su fatal destino solo logró lanzar un último quejido y entrecerrando los ojos esperó a la muerte.
Cuando terminé, aquél oso grande lloró y arrastrándose se dirigió hasta el cuerpo de su hijo, su hijo muerto, ya sin vida, aquel cuerpo inanimado, ensangrentado… y pereció a lado suyo.
Aún había en mí un lado humano, sin embargo había gozado ver aquella escena de adrenalina y dolor. Mi sed aun no había terminado de ser apaciguada y aprovechando que aquel oso gigante seguía cálido, succioné hasta sentir mis labios hinchados.
El sabor no era muy dulce pero al menos calmó mi desesperación, cuando mi cabeza comenzó a recapitular los hechos y mi consciencia salió a relucir la voz regresó para no hacerme sentir tan culpable diciéndome;
–Es mejor que tu primera experiencia como bebedor de sangre haya sido un animal, si aquello hubiese sido un humano, viendo lo sensible que eres (que a mi parecer eres como una niña) te hubieras sentido demasiado culpable y quizás hubieras cometido una locura–
Dos lagrimas pesadas y amargas rodaron mis mejillas, y al querer enjugarlas con mis dedos, me percate de su viscosidad, aquellas lagrimas no eran cristalinas… eran… lagrimas de sangre…
¿Pero que significa esto?
–Eso es de lo que vives Ancel, de sangre y ahora en adelante todo lo que venga, salga y entre de ti será eso… y sólo eso–
Y en un eco unísono ambas voz terminamos diciendo: –Sangre–

Pobre osito!!!
ResponderEliminarEsque, pensándolo bien, en ese estado vampírico los sentimientos son algo que no importan.
La sed domina, y eso es lo único que se respeta.
El ansia de sangre.
Me gustó lo de las lágrimas, muy original y sin embargo poco publicado: cuándo has leído que un vampiro llorara sangre?
En lo personal, nunca.
Me gustó que agregaras ese elemento a la historia.